martes, 7 de julio de 2015

Plaza Bolívar de Carrizal

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PLAZA BOLÍVAR DE CARRIZAL



La Plaza Bolívar, es comúnmente una plaza en honor al prócer venezolano Simón Bolívar, llamado "El Libertador" por medio del título que fue otorgado por la Municipalidad de Caracas el 14 de octubre de 1813 y ratificado en el Congreso de Angostura en 1819. Esta plaza es lo que se conoce como el centro colonial, gubernamental, político e histórico de cada ciudad, poblado, municipio y Estado de Venezuela.
Así mismo, existe un gran número de Plazas Bolívar o Plazas de Bolívar en otros países del mundo, como la Plaza de Bolívar, el centro gubernamental y político en Bogotá.
También existen plazas que llevan este nombre en honor al prócer Venezolano en Argentina, Brasil, Cuba, Colombia,  Perú, Ecuador, Bolivia, Irán, Japón, Egipto, Estados Unidos, México y en varios países de Europa, como Alemania, Francia, España,  Reino Unido, Rusia e Italia.
Carrizal, no es la excepción. La Plaza Bolívar de Carrizal, está asentada en unos terrenos baldíos que una vez fueron del Monseñor Pérez de León y éste a su vez, lo da a Luís Peña por el año 1930 aproximadamente.
Posteriormente, como eran terrenos municipales, La Junta Comunal necesitaba una parte de esos terrenos para utilidad pública y en el año 1944, se comenzó a construir  la Plaza Bolívar de Carrizal. De dicha plaza no hay mucho que se haya dejado escrito. No fue sino hasta el año 1990, cuando José Luís Rodríguez, primer Alcalde de Carrizal, le puso alumbrado y remodeló la Plaza y posteriormente Félix “Pocho” Palacios, le dio la remodelación actual.En los comienzos de los sesenta la Plaza Bolívar de Carrizal estaba rodeada por casas construidas con grandes paredes sonoras, puertas altas de madera trabajada y ventanas con barandas. Los habitantes colindantes con la plaza se recogían tempranamente. Muy pocos se aventuraban a merodear cercano a la media noche. 
Más de uno ya había contado su experiencia con los gritos sumamente afligidos y dolorosos de una mujer que todos consideraban insepulta. Los gritos sobrecogían transmitiendo a sus oyentes una gran angustia, una desesperación que causaba el pavor de un mal amenazante, muy cercano en el ambiente, a pocos metros de distancia de la persona que tenía la desdicha de escucharlo. 
Alrededor de esta muerte se escuchaban muchos cuentos, verdaderamente imaginarios, cargados de fantasías. La mujer se mató y el cuerpo no lo encontraron;  no se le pudo dar sepultura.    
En voz baja se narran otras versiones y rezan el rosario. 
En tanto más se cruzan los relatos, más se reza por el perdón de esa alma. En el primer domingo del mes de abril, en las primeras horas de la mañana, los vecinos extrañados vieron aparecer a un sacerdote, alto y fuerte, de pelo negro bien cortado, cara amplia, nariz aguileña y ojos muy azules, de mirar airado y de paso firme.  Llegó hasta un terreno baldío que quedaba entre las calles Urquía y Páez.   
El terreno estaba lleno maleza.  Un tronco muy grueso y seco se erigía en el centro como testigo impertérrito de alguna tragedia humana. Levantó en la mano derecha un crucifijo, que se veía de oro y plata. Hizo una oración. Dio unos pasos y se arrodilló, para volver a orar. Los curiosos suponían que estaba ensalmando el sitio; liberando aquella alma en pena, sin descanso eterno.  Luego se puso de pie y se fue a la iglesia sin hablar con nadie; tampoco nadie lo vio cuando se marchó.Los gritos se callaron y luego la gente del pueblo los olvidó, hasta el día de hoy.



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