martes, 12 de mayo de 2015

El Amor, Génesis de la Vida.

EL AMOR, GÉNESIS DE LA VIDA

Enrique Gil Albornoz
           

Definir el amor no es algo sencillo; cada cual lo siente a su manera y formula su propia concepción.  La suma de ellas –todas razonables- constituye la complejidad de tan natural sentimiento.  Por lo cual, más interesante que definirlo, es vivirlo, con plena libertad, sin orgullos ni intereses distintos, sin falsedades ni egoísmos, sin reservas ni temores, que suelen entorpecer una buena relación, como si el amor fuera un signo de debilidad; todo lo contrario, mientras más capacidad de amar tenemos, más fuertes somos, porque estamos comunicando la energía más poderosa de la vida. Y si la compartimos, es porque la tenemos. Ninguno da lo que no tiene.  Débil es aquél que no ama con la suficiente integridad y espontaneidad.
 Quien evidentemente ama, multiplica su poder vital que se extiende cual río turbulento desbordado, porque quien ama, ama al ser y a su entorno, y por extensión, a la naturaleza en todo su vigor, es llanamente un efluvio energético que se esparce dócilmente en armonía, y se asoma a nuestros ojos como chispa de estrella que todos reconocen: ¡Estás enamorado!...  ¡Estás enamorada!...  Es como si estuviéramos compartiendo la emoción más recóndita en sonrisas que reflejan nuestra felicidad.  Del mismo modo, cuando sufrimos por amor, de súbito se muere la alegría, un vendaval nos nubla los sentidos, la mente hace un ovillo de neblina, la tristeza presiona nuestro pecho y nos ahoga en suspiros… El sol se va.  Pero mañana vuelve.  Porque cuando el amor es verdadero, puede viajar el mundo entero pero regresa al punto de partida, porque es allí donde dejó la vida.
Amar a quien no se debe, puede ser reprobable, pero no es un pecado ni un delito.  Ni culpa ni castigo.  Es, simplemente, amor.  Y el amor es autónomo, como latidos de nuestro corazón, que no late porque nosotros lo mandamos. Él anda o se detiene, si le place.  Pero sin él, no hay vida.  Así es el amor.  No somos culpables por amar, pero… ¿Podríamos serlo, por no amar?... El amor está en todas las esferas afectivas del quehacer humano.  Nos mueve y nos conmueve como energía divina que escapa al dominio de nuestras posibilidades humanas.  “Dios es amor” ¿Podemos controlar a Dios?... ¡Cuántas veces queremos amar, y no podemos!... ¡Cuántas veces no queremos amor, pero ya amamos!... 
 La psicología conductista dice que el amor es un aprendizaje.  Mas no sé por qué se me ocurre pensar, que el amor, como la inteligencia son innatos.  Nacemos dotados de nuestra particular organización orgánica, para ser inteligentes, y de desarrollar esas aptitudes.  Desde que nacemos, somos inteligentes y lo demostramos.  Y de inmediato, empezamos a amar, a necesitar al otro.  No ha habido tiempo ni modelos, para aprender.

La necesidad del otro, para darle razón y finalidad a la existencia, estriba en conseguir con quien fecundizar la vida física y la espiritual, tener con quien compartir nuestro deseo de darnos íntegramente y de que se nos entreguen del mismo modo.  Esto ha sido así, desde el principio de la vida los estudios realizados en este sentido, revelan que la forma más efectiva que utiliza el hombre para satisfacer la necesidad de amar, es la de “fomentar relaciones profundas y duraderas, con los seres humanos.”  Es allí donde se dan las relaciones psíquicas –sin expresión sexual- que es la amistad, y la relación física que comprende la sexualidad.  Pero en cualquiera de las dos circunstancias, para que sean profundas y duraderas, capaces de proporcionar una franca satisfacción, deben estar impregnadas de amor.
Erich From dice que, “cuando una persona ama a otra, se ofrece a sí misma en lo más valioso que tiene: su vida.  Y dar la vida, no significa necesariamente morir por la otra persona, sino dar lo que está vivo en ella” su alegría, su humor, su tristeza, sus sentimientos, con toda la emoción que vibra en ella.
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