viernes, 13 de enero de 2017

Tras la huella de Bolívar (Parte II)

TRAS LA HUELLA DE BOLIVAR
(PARTE (II)


A comienzos de 1799, viajó a España.  En Madrid, bajo la dirección de sus tíos Esteban y Pedro Palacios y rectoría moral e intelectual del sabio Marqués de Uztáriz, se entregó con denuedo y pasión a los estudios; recibiendo una educación digna de un gentil hombre que se destinaba al mundo y al ejercicio de las armas.  Amplió sus conocimientos de  historia, de literatura clásica y moderna, de matemáticas, e inició el estudio del francés;  También aprendió la esgrima y el baile.  La asistencia a frecuentes tertulias y salones, pulió su espíritu, enriqueció su idioma y le dio mayor aplomo.  En la ciudad de Madrid, conoció a su prima María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza, de quien se enamoró perdidamente, proponiéndose a contraer matrimonio a la brevedad posible, pero hace un compás de espera y en la primavera de 1801 viajó a Bilbao, donde permaneció casi por el resto del año; luego fue a Francia, llegando a París y Amiens.  De regreso a Madrid, contrae matrimonio con su adorada Maria Teresa el 26 de mayo de 1802, quien era hija del venezolano Bernardo Rodríguez del Toro y Ascanio.  Este matrimonio fue bendecido por el presbítero Isidoro Bonifacio Romano, en la Santa Iglesia de San José de Madrid, España, y sirvieron de testigos en este acto, Pedro Rodríguez del Toro y el Marqués de Inicio.
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María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza
La felicidad y la dicha en la vida conyugal del matrimonio Bolívar-del Toro, duró poco tiempo, ya que la fiebre amarilla ataca con todas las furias a la bella y encantadora María Teresa, fiel amante y dulce esposa del Libertador, y fallece por el mismo mal el 22 de enero de 1803.  Durante aquel idilio, que duró el mísero tiempo de 7 meses y 26 días, el Libertador quedó con el alma destrozada y se desliga totalmente del medio social y se sume en la total tristeza, hasta que al cabo de un tiempo, acoge los consejos de familiares y amigos y parte nuevamente para Europa, donde recorre las ciudades de Jerez, Sevilla, Madrid, Córdoba y otras;  estableciéndose en París desde la primavera de 1804.  En la capital francesa disfruta de los placeres parisinos, vive una vida social mundana y los estímulos del mundo intelectual, comparten la atención de Bolívar; no menos que el espectáculo fascinante de una Europa en plena ebullición política.  Frecuenta teatros, tertulias y salones, donde conoce bellas y hermosas mujeres, pero trata igualmente con sabios como Alejandro de Humboldt y Amado Bompland y asiste a las conferencias y a los cursos libres de estudios, donde se divulgan los conocimientos y las teorías más recientes.  En esta época de su vida se entrega con pasión a la lectura, y se encuentra nuevamente con su maestro Simón Rodríguez, cuyo saber y experiencia hacen de él un extraordinario compañero de conversaciones, lecturas y viajes.  Van juntos a Italia y cruzan a pie la Saboya.  En Roma, un día de agosto de 1805, en el Monte Sacro, una de las siete colinas que dominan la ciudad y después de descansar un poco, se pone de pie y mira a todos los puntos del horizonte y envuelto con los rayos del sol del poniente, recorre con su mirada escrutadora, fija y brillante sobre el espacio romano y exclama: ...”¿Conque éste es el pueblo de Rómulo y Numa, de los Gracos y los Horacios, de Augusto y de Nerón, de César y de Bruto, de Tiberio y de Trajano?...”
Luego de hacer un análisis de todos los personajes mencionados en el párrafo anterior, con los ojos húmedos y visiblemente emocionado, se voltea hacia el maestro y amigo Simón Rodríguez y le dice en términos firmes y proféticos: “...Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor, y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español...”.
Días después, se dirigen hacia el  sur, llegan a Nápoles, donde recibe la infausta noticia de la muerte de su tío Carlos Palacios y Blanco, acaecida en Marasma, región de Barlovento, en el Estado Miranda, cerca de Capaya, en 1805.  Maestro y discípulo se separan nuevamente.  Bolívar se dirige a París y luego, debido a los conflictos que vive Europa y conociendo los intentos realizados por el Precursor de la Independencia, Generalísimo Francisco de Miranda, considera que ha llegado el momento de volver a su patria.  Parte a París con rumbo a Hamburgo, luego regresa a Norteamérica, llegando a Carolina del Sur el 1° de enero de 1807, luego pasa a Filadelfia, Nueva York, y después de una larga estadía de observación y trabajo, viaja a La Guaira el 8 de abril y llega al puerto venezolano a principios del mes de junio de 1807.
Una vez en Caracas, vive como un joven aristócrata; atiende sus haciendas y en 1808, sostuvo un sonado pleito por una de ellas con Antonio Nicolás Briceño; no sin apartarse del porvenir de su patria.  Realiza reuniones secretas con su hermano Juan Vicente y otros amigos, en la quinta de recreo que poseen en Caracas, a orillas del río Guaire, en las cuales planifica y fija la estrategia para la independencia de Venezuela.  En este año, Bolívar encabeza una campaña de subversión y conspira en las diversas partes donde se encuentra, siendo denunciado ante los jefes de entonces: Casas y Emparam, siendo desterrados de Caracas y confinados a vivir en la hacienda de su propiedad en los Valles del Tuy.
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Juan Vicente Bolívar y Ponte
El 18 de abril de 1810, Simón Bolívar y su hermano Juan Vicente se encuentran presos en la Casa de San Mateo, vigilados y custodiados fuertemente, desde el 2 de abril del mismo año, acusados de: “...Rebeldes e Incorregibles...”, tiempo que aprovecharon ellos para leer, para sus amoríos campesinos y para atender las haciendas de San Mateo y de los Valles del Tuy, pero a partir de esta fecha, quedan en libertad y Simón es nombrado Comisionado de la Junta Patriótica, para buscar apoyo para la causa independentista en los países de Europa, acompañado de Andrés Bello y Luis López Méndez.
La Sociedad Patriótica de Caracas fue creada el 14 de agosto de 1810, por resolución de la Junta Suprema, con el fin de fomentar la agricultura, la cría, la industria;  pero al ingresar a esta el joven Simón Bolívar y Francisco de Miranda, la convierten en centro de agitación política, ya que convergen con los revolucionarios Antonio Muñoz Tébar, Francisco Antonio Paúl, Miguel Peña, los hermanos Salias, José Félix Ribas y otros, acelerando esta actitud, la Declaración de la Independencia.
El 4 de julio de 1811, después de un año de agitación, de inconformidad en el seno de la Junta Patriótica y de haber realizado diversas gestiones para la independencia de Venezuela, el Congreso Nacional vacilaba en proclamarla por cuanto consideraba que el pueblo no estaba preparado para ello.  Ese mismo día en la tarde, reanudan las sesiones del Congreso de la República, para recibir una Comisión de la Junta Patriótica, en la cual comisionaron al Presidente del Congreso para que conferenciara con los integrantes del poder ejecutivo, lo relativo a: Si la Declaración de la Independencia era compatible con la seguridad pública, o no.
En la mañana del 5 de julio   de 1811, se reunió nuevamente el Congreso. El debate giró en torno a la Declaración de la Independencia de Venezuela.  Hablaron todos los Diputados presentes en la sesión, unos argumentando a favor y otros en contra.  Una vez discutido suficientemente el tema, el Presidente del Congreso propuso la votación.  Todos levantaron la señal de apoyo a la Independencia, menos el doctor Maya, diputado por la Grita, quien argumentó que aún no era oportuna la declaración de la Independencia.  Al realizarse el escrutinio, el presidente del Congreso, Juan Antonio Rodríguez Domínguez, anunció: ... ¡Queda Declarada solemnemente, la Independencia de Venezuela!...
El pueblo, que hacía acto de presencia en el recinto, aplaudió conmovido por tan gran acontecimiento y en medio de vítores y cantos patrióticos, se encendió la llama libertaria que recorrería los más apartados rincones de América y del mundo, naciendo en este momento el Estado Venezolano, rompiéndose así las cadenas que nos ataban al feroz yugo español.
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