viernes, 13 de enero de 2017

Tras la huella de Bolívar (Parte VI)

TRAS LA HUELLA DE BOLIVAR
(PARTE (VI)

Bolívar se moviliza inmediatamente hacia Barinas y luego a Bogotá, con el fin de reunir a las tropas que se encuentran dispersas, recibir los auxilios del exterior y rescatar la confianza del pueblo.  Envía dos emisarios a España a negociar la paz, siempre que se reconozca la Independencia de Venezuela y la de la Nueva Granada, pero esta misión fracasa por la negativa de  la corona española.
El 28 de Enero de 1821, Maracaibo es proclamada como una República Democrática unida a Colombia, y esta actitud provocó la ruptura del armisticio.
Debido a lo distante que se encuentra el Libertador del general La Torre, es imposible concretar un acuerdo para resolver esta crítica situación, por lo cual, había que esperar el cumplimiento del término del armisticio.
Bolívar, convencido de que no puede hacer ningún arreglo con España, decide reanudar las hostilidades y comunica al general La Torre, que si no reconocen la Independencia de la Gran Colombia, continuará la guerra, acto seguido en el cual, ordena a Bermúdez que se encuentra en Oriente, que invada a Caracas: misión que éste cumple a cabalidad y obtiene varios triunfos en su recorrido.
La campaña de Bermúdez fue favorable al plan del Libertador, ya que mientras hay refriegas en el Centro, él se reúne con las fuerzas de José Antonio Páez y Rafael Urdaneta, organizando su ejército en tres (3) divisiones: Una al mando de Páez, otra al mando de Cedeño y la tercera al mando de Ambrosio Plaza.
El ejército patriota se dirige a Valencia, y allí se encuentran con que el ejército realista ocupa la sabana de Carabobo, el camino de Pao y el desfiladero de Buena vista, y esto le impide el paso al Ejército Patriota, pero...
Al despuntar el alba de aquel glorioso 24 de Junio de 1821, el Libertador entabla batalla y el ejército republicano deja en el campamento todo su equipaje.  El Libertador estudia la situación del enemigo desde las cumbres de Buena Vista y aprecia en todos sus pormenores las situaciones que ocupa.  Ordena a la División de José Antonio Páez que ataque al enemigo por el flanco derecho, pero los realistas, al darse cuenta de la maniobra, se adelantan para impedírselo.  Páez va a la cabeza de sus llaneros y recibe el fuego de cuatro batallones realistas, pero de inmediato entra al campo de batalla en perfecta formación y sin disparar un solo tiro, la Legión Británica.
A pesar de la furia del combate, la artillería enemiga ataca a la Legión inmisericordemente,  y La Torre con sus batallones la fusila, pero ella no cede ante el feroz ataque, hasta que hincados de rodilla en tierra, ejecutan las descargas con admirable precisión sobre el enemigo.  El comandante Farriar rinde su preciosa vida a la cabeza de tan gallardos y preclaros compatriotas.  Las balas golpean y aniquilan a tan heroicos soldados cuando al amparo de la Legión Británica, comandada por el oficial Devy, Páez consigue reorganizar sus batallones, lo lleva de nuevo a la pelea y restablece el combate.  Se une con los ingleses y cargan de nuevo sus bayonetas, quedando allí, diecisiete oficiales de la  Legión Británica y más de la mitad de los soldados de los Bravos de Apure, muertos.
Después de una encarnizada lucha y haber contado con el apoyo de Los Bravos de Apure, Tiradores y la Legión Británica, Páez logra reorganizar por completo sus fuerzas y ataca a los realistas, logrando que estos cedan ante el ímpetu de las cargas patriotas, hasta que enmudecido por la sorpresa, nota que un jinete sale del campo de batalla y desconcertado galopa hacia donde él se encuentra.  El jinete pierde en breve la carrera y a trote lento, suelta las riendas y casi en la presencia de Páez, sin poder sostenerse sobre la silla, se le queda mirando fijamente a los ojos, a lo que Páez le sale al paso y le grita duramente: “¿Tienes miedo?... ¿No quedan ya enemigos?...¡Vuelve y hazte matar!... Al oír aquella dura voz que resuena irritada, caballo y jinete se detienen.  El primero, herido mortalmente y ya  sin resistencia, dobla las patas y a punto de caer, mientras que el segundo, de nombre Pedro Camejo, conocido popularmente como El Negro Primero, abre los ojos resplandecientes ante la agonía y se yergue en la silla de la moribunda bestia, arroja al suelo su ensangrentada lanza y abriéndose la chaqueta y poniendo al desnudo su pecho, desde donde sangran dos profundas heridas, exclama balbuciente:  ¡”Mi General...Vengo a decirle adiós...porque ya estoy muerto...”!.  A los pocos segundos, caballo y jinete caen sin vida al suelo, al mismo tiempo que nuestros patriotas victoriosos, lancean por la espalda a los despavoridos españoles que huyen desesperadamente del campo de batalla que se ha tornado un océano de sangre.  Batallones enteros quedan completamente destrozados y en el preciso instante en que el ejército español cede y se desorganiza, un raudo jinete aparece en aquel histórico campo de batalla.  Su marcial actitud y valiente arrogancia cautiva las miradas y atención de los escuadrones patriotas, quienes saludan orgullosos al joven General de Tercera División Republicana, quien no oculta su desenfrenado deseo de tomar parte en la batalla que se encuentra a punto de concluir.  Una vez en el campo, busca y divisa a los cuerpos realistas que aún defienden sus rasgadas vestiduras y Banderas, entre ellos las de Barbastro y Valencey, quienes después de rendirse, retroceden violentamente y enfrentan  a los patriotas, cayendo el glorioso e ilustre patriota Ambrosio Plaza con una bala en el corazón, logrando en medio de la refriega escapar a Puerto Cabello el general realista La Torre, y  muchos de sus seguidores se entregaron prisioneros.

La Batalla de Carabobo duró muy poco y sobre la frente erguida del Centauro José Antonio Páez, brillaba un nuevo laurel.  El Libertador desciende a la llanura en el momento cuando se consuma la victoria, cumpliéndose en aquel instante y con aquel heroico hecho histórico, el pronóstico y sueño del Libertador, quien saluda entusiasmado a sus soldados, y éstos en vehemente respuesta gritan con furor enardecidos, vivas a su inmortal caudillo, pregonando su victoria con tan atronadora vocería, que hasta los moribundos se levantaban del suelo, ignorando sus angustias, para brindar su último aliento por la patria.
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